Impotencia

Andrei Nacu

Como un golpe llega tu vida, sientes el corazón brincar, tu sexto sentido te dice que es esa persona, que al fin encontraste lo que por tanto tiempo has buscado.

 

Platican, se conocen. Cada día que pasa y están cerca, los afectos emergen. Te enamoras, la pasión empieza a desbordarse y cuando todo tu cuerpo esta empapado del otro hasta el último poro… te da el tiro de gracia…

 

“Por el momento no puedo ofrecerte más que mi corazón…”

La ladrona de libros

Pasaba por la calle y el espectacular llamó mi atención. Las grandes letras blancas me dijeron: “Tienes que leerme”. En efecto, lo que me sedujo para comprar la novela fue el título tan seductor y la pregunta que lo acompañaba ¿Por qué roba libros? Así que entré y sin más lo compré.

 

He de decir que a mi punto de vista la historia es contada por los vencedores, por lo tanto, se habla de heroicas y gloriosas batallas, de sacrificios patrios y de sufrimientos padecidos para lograr la victoria. Pero qué hay con la visión de los vencidos[i], los hechos contados por aquellos que fueron los derrotados en el cruel juego bélico de conquista de la humanidad.

 

Está novela muestra el mundo alemán de la segunda guerra mundial a través de dos muy particulares características. La primera, es precisamente que narra dichos hechos a través de la vida diaria entre inocente y atemorizada de una niña aria pero pobre y huérfana. Liesel, vive y supera sus dolores por medio del delicioso cáliz de una actividad un poco lícita: roba libros; pero no cualquiera, toma aquél que se encuentra cerca de ella en un momento afectivo-emocional de su vida, aunque entienda sólo la mitad de lo que dice, ya que no sabe leer.

 

Liesel quiere leer por una razón: “El manual del sepulturero”, su primer libro robado en el cementerio donde fue enterrado su hermano. Así que para entender lo que roba, primero tiene que superar un obstáculo: aprender a leer. Una vez que domina el arte de la lectura comienza a regalar sus palabras al resto de sus vecinos en los momentos más angustiantes de los bombardeos. Uno de los pasajes más emotivos de la novela, sucede cuando le es regalado un libro hecho a mano por un judío, que curiosamente resulta ser su mejor amigo del mundo adulto. Max –el judío-, hace el libro de papel “reciclado”; utiliza un ejemplar de la biblia hitleriana -Mi lucha-, para hacerlo.

 

Sin embargo, considero que el mejor personaje de la novela es la narradora y que es la segunda característica que distingue al libro. Es una personalidad irónica, afectuosa, sarcástica, humana; pero que no pertenece al mundo de la niña, más bien de los vivos. Así es, como ésta figura de entrada impacta al lector, pero conforme avanza en la lectura, llega a ser hasta una amiga más. Hasta el miedo se le pierde.

 

Un libro de historias, afectos y sorpresas; agrupadas en palabras que se nos regalan como lo más preciado del mundo: el valor de saber leer y escribir. Dos cualidades que un ser humano debe poseer porque es lo único que nunca se le podrá arrebatar.


[i] Parafraseando al libro del mismo nombre de León Portilla y que cuenta la conquista de Hispanoamérica desde el punto de vista de los conquistados

Apariencia


Fea no soy, quizá tampoco muy bella, pero si de algo estoy segura es que… ¡No soy una calavera!

 

¿Por qué la necedad de ponerme tan horrible imagen? ¿Acaso no se les ha ocurrido pensar que soy un querubín? Sí un lindo y bello ángel. Que mi trabajo sea el de recoger las almas que abandonan el mundo de los vivos, no quiere decir que mi apariencia sea de cadáver recomido por los gusanos.

 

Se imaginan si fuera así de policromática, la espantada que les daría a todos esos pobres que pasan del estado sólido al etéreo. No es grato dejar el cuerpo y encontrarte con un esqueleto andante de vestiduras raídas. ¡Ah porque las vestiduras son otro tema! No visto de negro, ni me gusta el colorcito ese. Soy simple pero elegante, hay que recibir a las visitas con las mejores galas.

 

Hagamos un ejercicio. La próxima vez que piensen en mi, no lo hagan pensando en la calavera, imagínenme como un lindo “Miguel Angel” de la Capilla Sixtina.

Flor de esquina II


Sábado. Me levanto, pasó por la sala rumbo a la cocina y sobre la mesita de noche está la rosa. La observo, sus pétalos empiezan a abrir lentamente, un rayo de sol se filtra por la ventana y hace relucir su maravilloso color carmesí sanguinolento. Me acercó a olerla y pienso en aquel joven. Un Casanova acostumbrado a hacer esas cosas, me digo.

 

Domingo. Sin querer (¡Si, cómo no! ja), la miro. Perfecta, en su floreciente vida. Ya casi ocupa la boca completa del vaso en el que está. De nuevo pienso en aquel sujeto… Me siento avergonzada conmigo misma por haber huido de esa forma, pero en ese momento no pensaba en algo, los nervios me traicionaron. ¿Por qué niña, no acabas de madurar? Sólo recordar el ‘oso’ me revuelve las tripas.

 

Lunes. Le cambio el agua y salgo a trabajar. De regreso, por el mismo lugar, en la misma esquina, como no dándome cuenta, lo busco. No está. ¿Se habrá arrepentido de volver a pasar por ahí? ¿Era sólo casualidad la de ese día? ¿Buscaba una aventura? En fin, el mismo semáforo del viernes me indica que debo dejar de buscar, sólo avanzar. Llegó a mi hogar y ahí está ella, sola y empezando su declive. ¿Podría haber sido él mi amor perfecto? Nunca lo sabré, o… ¿quizás si?

 

Viernes. Hace ocho días ya. La rosa por lo pronto ha llegado al ocaso de su vida, ¿qué se hace con una rosa que te regala un desconocido? ¿la guardas? ¿la tiras? ¿la olvidas?