Flor de esquina

Viernes. Regreso del trabajo y estoy varada en el ya cotidiano tráfico de quincena. Mi cara de aburrimiento gira, veo al conductor que esta junto a mi. Un joven.

El semáforo muestra su luz verde y empieza a avanzar lentamente. Nuevamente el rojo. Alto total. De pronto tocan a mi ventanilla. Me asusto. El florista ambulante me ofrece una rosa. “No, gracias”, es mi respuesta. Él entonces me dice que la envía el joven del auto de atrás.

Instintivamente volteo a ver el espejo retrovisor. Veo una sonrisa y un saludo. Rechazo la rosa, – más por prejuicio que por ganas-, aunque la emoción me invade, me empiezo a poner nerviosa. El florista Celestino regresa y comenta: “El joven insiste…”

El semáforo anuncia el siga, tomo rápidamente la rosa y huyo. Afortunadamente el atento joven no resulta tan hábil al volante. Llego a casa, pienso qué hacer con la rosa. Decido ponerla en agua. Admiro su belleza y disfruto el halagador momento toda la semana.

Intermediaria

The Palma Collection

 

 

¿Yo no sé por qué los hombres me achacan la culpa? Sin embargo, cuando el dolor los embarga y la desesperación los pierde, me maldicen y me odian. Por azares del destino siempre me encuentro en ese último momento en el que las personas sienten la suma de todos sus miedos, cuando se agolpan en sus mentes emociones, pensamientos felices, pesadumbres y rencores. 

No me toca  a mí decidir ni el lugar ni el momento, yo sólo obedezco órdenes. Donde se encuentra el final, donde se apaga una luz, ahí debo estar. El trabajo es sencillo, tomas el alma; si no está muy asustada, la saludas y la guías a donde moran las almas. Mientras, a mi espalda se oyen los lamentos y los aullidos de dolor. ¿Por qué sufren los vivos? ¿Acaso no tuvieron a ese ser lo suficiente con ellos? Empiezan los hubieras y las recriminaciones. Se empiezan a repartir las culpas y en algunos casos las herencias.
 
Eso es en realidad lo que deprime de mi trabajo: los vivos sollozantes. En cierto modo y si lo veo desde un ángulo pusilánime, no soy más que una intermediaria incomprendida.

Treinta y cinco


A mí, por ser yo

 

Inseparable amiga mía…

 

Hay días que no se exactamente quién eres. Por ratos eres dulce y tierna, otras te conviertes en un ogro  y otro tanto eres tan frágil como aquella porcelana de casa de mi abuela. La dulzura puede ser característica de tu sexo, pero en realidad es que te encanta dar amor, aunque luego te desilusiona el que no te lo recompensen, pero entiende que la idea de dar amor no es recibir, sólo darlo.

 

Te vuelves ogro, porque tiendes al perfeccionismo y en cuestiones laborales eres tirana, te gusta el orden y el método, te desespera la lentitud y el poco sentido. ¿Acaso no les apasiona lo que hacen? Te preguntas. Crees que no, que trabajan porque es ley de vida y no gusto por vivir.

 

Finalmente eres frágil, porque la ansiedad que padeces desde niña por ratos te hace tambalear y perder el equilibrio. Te da miedo lo que hace cinco minutos no te daba. La sensación de morirte es horrible, aunque tu cerebro te diga que no es así, tu hipotálamo siente lo contrario. Asfixia, sudoración, angustia, síntomas que te regresan a poner los pies en la tierra y te hacen ver que sólo eres un punto en el espacio, frágil y solo.

 

Pero con eso, sin eso y a pesar de eso, sé que eres un amor y una mujer maravillosa que me encanta conviva conmigo, muy dentro de mí…

 

¡Felicidades Sayil!