¿Quién diablos es Galina?

Es una mujer originaria de Georgia en la zona del Báltico, antes parte de la ex Unión Soviética Conserva la belleza y perfil de su raza a pesar de la huella del tiempo. Madura, de nariz afilada, delgada y con ojos entre verdes - marrones. Vive desde hace 15 años en México y esta muy adaptada a los modismos y folklorismos del país, aunque conserva aún algunas de las costumbres de su pueblo y profesión.  

La cuestión aquí es: ¿Por qué dedicarle estas líneas? Bueno, pues porque además de ser una excelente maestra de ballet, es una mujer que me ha enseñado a preocuparme por mi cuerpo, mi alimentación, mi mente y mi vida.  En todos los años que estudié ballet nadie me hizo pensar y sentirlo como ella. 

Me ha enseñado que en el baile no se llevan cuentas, se escucha la música para poder interpretar las emociones; que los músicos elaboraron la música pensando qué pasos debería llevar. También que de la correcta postura obtendré mejores resultados, no sólo para cuestiones estéticas sino elegancia en el baile. Que las sensaciones y vibraciones de mi cuerpo se transmiten en mi baile. 

Pero sobre todo me ha enseñado que a pesar de las adversidades, siempre hay una vida mejor, no importando la edad.

Tal como soy

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Hace meses que una frase me da vueltas en la cabeza: ¿Por qué no cambias? Palabras que tanto mujeres como hombres me han dicho según ellos para mi propio beneficio e incluso para lograr tener una pareja. Pero ¿Por qué debo cambiar? ¿Por qué no me aceptan como soy? ¿Acaso yo les pido que cambien? Yo los apreció tal como son, ¿Por qué no me pueden apreciar a mí sin juzgarme? Lo más curioso del asunto es que cada uno de ellos ha solicitado el cambio de un aspecto diferente; es decir, solicitan que modifique lo que de forma personal les incomoda o intimida. 

Recuerdo entonces la película “La sonrisa de mona lisa” en donde Katherine Watson le escribe a Betty Warren –y de paso me enseña por qué debiera cambiar-: “Yo vine a Wellesley porque quería ser un factor de cambio. Pero cambiar por otros es mentirte a ti misma”. Inmersa en una sociedad de mediados del siglo XX, donde el papel de la mujer de la postguerra era el de conseguir un anillo de compromiso como premio a una buena educación en asuntos domésticos; ella, una graduada de la universidad no acepta que las únicas ambiciones de sus estudiantes sean casarse y tener hijos, sobre todo, no pensar en ellas mismas, lo que las hace y haría felices.  

Me mantengo en la idea de que no debo cambiar por agradar a otros o ajustarme a los esquemas sociales; sino por agradarme a mí misma, por ser feliz conmigo misma; sólo así podré hacer felices a los demás. De lo contrario yo seré siempre la infeliz por hacerlos felices a ellos. Deseo ser un factor de cambio no un factor cambiante. 

“Katherine Watson vivió según su propia definición y se negó a cambiar en ese aspecto. Oí que la llamaban ‘fracasada’ por renunciar, ‘una vagabunda a la deriva’. Pero no todos los que yerran van a la deriva. Y menos los que buscan la verdad más allá de la tradición, más allá de la definición, más allá de la imagen.” 

Quiero fracasar y vagabundear a la deriva de vez en vez; quiero vivir bajo mis propias definiciones e ideas, y cambiarlas si me es necesario, buscar mis propias verdades… aunque eso me cueste “un anillo de compromiso”.

Mi amiga: Ansiedad

Nadie me la presentó, llegó a mi vida de forma casual. La sensación es inolvidable. Estando tan tranquila recostada en mi cama de pronto sentí que mis manos se ponían frías, comenzaron a sudar, pero el sudor estaba frío también. Me giré para distraerme, pero mi respiración se hizo muy pesada, sentía un gran peso en mi pecho que se inflaba cada vez más a gran velocidad. Me senté en mi cama, la oscuridad del cuarto no me ayudaba, pero tampoco pensaba en prender la luz.

No quería despertar a mi madre, no me creería que me estaba muriendo, que el aire me faltaba y la cabeza me daba vueltas, empecé a respirar con la boca y torcer mis manos hasta el dolor….De pronto todo acabó, entonces se desató el llanto del miedo…. ¡Oh no! Mi madre me escuchó, me dijo que eran mis nervios, que el poder de la mente es fuerte; me dio una cucharada de miel y me arropó.

Más de veinte años tuvieron que pasar para que supiera qué es la ansiedad. Años de lucha conmigo misma y contra ella. De actuar sólo lo necesario y un poco más, el resto era decisión de ella, ya que cualquier ocasión feliz o triste la detonaba. Tuvo que pasar mucho tiempo para saber que es hereditaria y que no hay cura absoluta; pero hay medios para controlarla sin que merme mis fuerzas; ahora es mi amiga, parte de mi intuición y mi sensibilidad, co habito con ella en este cuerpo y disfrutamos juntas la vida.

¿Bailamos?

De pequeña decía mi mamá que me gustaba bailar, oía música y me movía; apenas tuve la edad de siete años me inscribió a clases de ballet y tanto fue mi gusto por bailar que acabé tomando también clases de: hawaiiano, tahitiano, folklore, flamenco y jazz. Mi disciplina hacia el baile duró catorce años, ya que la escuela -mi carrera-, me demandaba las tardes y tuve que renunciar a mi pasión por completo. Tuvo que pasar la misma cantidad de tiempo de lo cursado, para que ballet-shoes-00011.jpgme animara a regresar a bailar ballet.

La primer traba fue mi edad: 33 años ¡Oh cielos! Nadie se ve lindo con tutú a esa edad, lo relacionan con los hipopótamos de Fantasía, ninguna escuela tenía considerado grupos para mayores de 25; obvio, nada más encantador que las niñitas, digo al menos se ven más simpáticas. Además cuando regresé a bailar estaba medio pasadita de peso, no mucho, pero si algo más de lo que el ballet exige. Afortunadamente encontré una escuela en que lo único que se me pedía era constancia, disciplina, buena alimentación –para bajar de peso- y amor por el ballet. Sobre todo encontré a una amiga: Galina.

¿Trato o truco?

El primer día de noviembre en México se acostumbra recordar a los infantes difuntos; sin embargo, me llama la atención la cantidad de niños que disfrazados de tan americanas y confusas formas piden su “calaverita” en lugar de “trick or treat”. En Estados Unidos y otros países, el día para pedir dulces es el 31 de octubre, mejor conocido como la noche de Halloween. En México, se adaptó al día primero de noviembre. He de decir que no me gusta para nada esta costumbre copiada, ya que lo realmente nuestro son las ofrendas, tradición que en las casas se ha ido perdiendo en la memoria de sus habitantes.

Considero que lo peor del caso no es que los niños pidan su “calaverita”, sino que la flojera nacional hace que se les obsequie dinero en lugar de golosinas; cosa que por supuesto hace ver a los pequeños que el dinero puede llegar fácilmente con tan sólo una sonrisa o carita de inocencia y sin el menor esfuerzo. Si pensamos conservar la costumbre tratemos de obsequiar dulces y no dinero.

Aunque no sería mala idea que la próxima vez que alguien me pida su “calaverita”, le obsequie las radiografías de mi último esguince.

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